Es martes por la noche. Prometiste que hoy sí ibas a postear. Estás frente a la pantalla y acabas de escribir algo que te hizo vibrar las manos.
Un mensaje que salió de tu profundidad, de tu rabia, de tu visión más pura. Y entonces te detienes. Lo relees. Empiezas a limpiarlo. Quitas las palabras incómodas, suavizas la crítica. Borras la parte donde hablas de poder, deseo o dinero.
“¿ESTO SONARÁ DEMASIADO INTENSO?”“¿VAN A PENSAR QUE ESTOY LOCA?”“¿Y SI ME EXPONGO DEMASIADO?”
Te preguntas si eres “demasiado”, si tu rabia te hará parecer inestable. Si decir lo que de verdad piensas te costará una clienta, una relación o la imagen de mujer fácil de querer que llevas años sosteniendo.
Y terminas publicando una versión tibia. Una versión “segura”. Una que no incomoda a nadie… pero que tampoco magnetiza a nadie.
Tu cuerpo lo sabe. Se tensan el cuello y los hombros. Tu pecho se cierra. Porque cuando tus manos vibran al escribir no es porque estés haciendo algo mal: es porque tocaste una verdad que tu cuerpo reconoce, pero tu antigua identidad todavía intenta silenciar.
NO TE CANCELARON.
TE CANCELASTE TÚ PRIMERO.